Peruvian Cinderella
- Aura M. Escalante
- 12 ago 2022
- 3 Min. de lectura

La primera vez que pasamos por Lima estuvimos quedándonos un par de semanas con Ro (a quien debemos una cuartilla entera de cumplidos y agradecimiento puro y sabroso como las yucas fritas y el pizco sour que nos llevó a probar), en un barrio muy lindo y bien acomodado que tenía cerca un mercado a donde íbamos a botear, es decir, a compartir un poco de música para llenar la alcancía.
Aquí tengo que hacer una breve pausa para enmarcarme en lo evidente: pertenezco a una de tantas generaciones que fue adoctrinada con las historias que Disney animó y que distorsionaron de manera abrupta la forma en la que deseamos que la realidad sea para cada uno de nosotros. Pepa Grillo logró instalarse como un susurro de la infancia que conspira constantemente para “ver convertidos mis sueños en realidad”.
Bien, regresemos al mercado, donde entre puestos de frutas, verduras y carne, él nos vió. Ignoro su versión de la historia, y qué lo animó a seguirnos a Ferchi y a mí después de haber terminado con nuestra función de cooperación voluntaria, durante al menos 10 cuadras hasta llegar al otro barrio en donde paramos en una tienda a comprar una botella con agua. Al salir de esta, nos abordó.
Estábamos ahí, a la entrada de la tienda: Ferchi, mi persona y él; bajo, moreno, de ojos grandes, cabeza rala y despeinada. Agitaba sus manos mientras nos informaba que su oficio era el de zapatero. Nosotras le sonreíamos mientras intercambiábamos miradas y bebíamos agua de la botella. En seguida el zapatero se acuclillo y señalando mis pies me pidió quitarme el calzado. Obediente, me quité uno de los tennis mientras me apoyaba en el brazo de Ferchi, que anonadada nos observaba en silencio. El zapatero me indicó que también debía remover el calcetín. Sin titubear, me quité el calcetín y dejé mi pie de dedos largos al desnudo, reposando en las manos de aquel hombre que decía ser zapatero. Él, acercó su cara a mi pie lo suficiente para llevar a cabo una aspiración profunda. Estaba oliéndome el pie.
Un hombre que decía ser zapatero estaba oliéndome el pie a la entrada de una tienda de abarrotes en medio de la ciudad de Lima.
Asimilar esto me llevó un momento, tal vez dos momentos. Él, tomó una pausa y aún de cuclillas mientras sostenía mi pie, me ofreció unos zapatos hechos a la medida. Sin detenerme a preguntar si estos serían un regalo por la aspiración de la que había sido parte o si más bien era su estrategia de venta, proseguí a calzarme de manera express diciéndole que en ese preciso instante no los necesitaba. Él, mirando mis pies y al parecer aún embriagado por el aroma, declaró que nos había visto en más de una ocasión en el mercado e insistió en que sólo requería las medidas y una dirección en la cual entregarlos. Ferchi le aclaró puntualmente que su petición era imposible debido a que nos encontrábamos de viaje, agitó su mano para despedirse del hombre, me tomó del brazo, y dirigió la avanzada hacia un destino no aparente.
Después de caminar unas cuadras, confirmamos que el zapatero aún nos seguía. Apresuramos el paso hasta llegar a una iglesia y nos sentamos en las escaleras de la entrada. El zapatero “se hizo el loco” viendo las plantas del parque frente a la iglesia y al notar que lo observábamos desde el portal protector por excelencia, siguió con su camino.
Una vez que nos supe salvas reí por lo acontecido, ahora que lo leo, siento un poco de espanto, también me pregunto sobre las genuinas intenciones de ese ser humano.
La reacción depende del ángulo. No hay duda de que en esta historia viven los ecos de otras historias. Pepa Grillo me ha ofrecido versiones próximas, chuscas, bizarras y no tan distorsionadas de la esencia de aquellas que se me han ofrecido como mis/nuestras historias.
El inconsciente es una dimensión digna de explorar. Pepa, Pepe y Pepi Grillo son declarados con urgencia en un proceso de actualización, restructuración y reprogramación que demanda la total atención de quienes buscamos activamente construir nuevos arquetipos a través de los cuales narrar nuestras propias historias, aquellas que de verdad sean nuestras.
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